Fiestas Patrias

Respiraba fascinación y tenía la mirada iluminada por los fuegos artificiales que copaban el cielo. Su sonrisa sólo se entendía por el descubrimiento de la alegría de la vida. Aquella noche del 15 de septiembre, la guardaría, en la memoria, como el inicio de su gusto por esa fecha.

El recuerdo le vino mientras el tiempo era una sopa. La lluvia no paraba. El color gris del cielo le revelaba que no sería un buen día. “Aún hay tiempo para que pare de llover”, pensó con un deseo que a la postre se volvería súplica.

En la estufa, la vaporera chillaba, el calor del interior de su casa contrastaba con el frío que trajo consigo la lluvia. Su mamá salió de la cocina para ver en qué andaba metido Aldo. Lo vio frente al espejo, pintándose dos rayas tricolores en las mejillas. Una descarga de ternura la inundó al grado de querer correr a abrazarlo, se contuvo al ver la determinación del hijo que rondaba los 10 años.

Tras terminar su faena, Aldo se cambió el uniforme escolar. Se dirigió al buró y abrió uno de los cajones para extraer la camiseta verde de México. Se enfundó en ella. Hasta ese momento, no había notado la mirada que su madre le dirigía desde el umbral de la cocina. Giró y se encontró con los ojos de mujer. Ella lo escrutó para descubrir la incertidumbre que envolvía el cuerpo del niño.

-¿Hijo, qué pasa?-, preguntó la mamá

-Está lloviendo y temo que no se quite-, contestó el muchacho agachando la cabeza.

-Y, ¿qué pasa si no se quita?-, inquirió la mamá.

-Que si no se quita, no iremos al grito-, dijo el niño.

En ese momento, la mamá entendió la preocupación de su hijo. Su mente viajó a la primera vez que lo llevaron a presenciar un grito de 15 septiembre. Estaba fascinado, perdido en el mosaico tricolor que iluminaba el cielo.

-La lluvia se quitará, hijo, no te preocupes-, murmuró la mamá –mejor ayúdame a cortar los rábanos y la lechuga que el pozole ya casi está y tus abuelos están por llegar.

Aldo caminó hacia la cocina. Buscó la tabla de madera, el cuchillo de mango café y la honda bandeja verde. Tomó el respaldo de la silla de madera y la jaló hacia su persona. Se sentó y extendió la mano para coger un ramillete de rábanos. Los despojó del hilo que los unía y se alistó para cortarlos en rodajas, como le había enseñado su papá.

El sonido del cuchillo sobre la tabla inundó la cocina. Su mamá levantó la olla de la vaporera e introdujo una cuchara de mango largo para tentar la carne. El aroma del pozole se desplegó por toda la habitación. Aldo respiró hondo como queriendo apropiarse del olor a hierbas, chile, maíz y pollo.

Por un momento, la incertidumbre que le generaba la persistente lluvia se marchó y su mente se llenó de su imagen embadurnando una tostada con crema e introduciendo la cuchara en el cajete del pozole. En la mesa de su imaginación estaban todos: sus abuelos, sus papás, sus tíos y primos.

-Sino tienes cuidado, te vas a cortar-, le advirtió su mamá.

La voz lo sacó de sus pensamientos y continuó con su labor. En la bandeja verde depositó los rábanos y extendió la mano en busca de las hojas de lechuga.

El tiempo se diluyó cual vela. El timbre sonó y Aldo tuvo que salir a abrir la puerta. Con la sombrilla encima de él, se encaminó a la reja blanca. Su abuela descendía del taxi, mientras el abuelo esperaba la llegada del nieto. Sobre la camisa blanca de mangas arremangadas llevaba una diminuta bandera tricolor. La anciana portada un listón, de tintes patrios, que cohesionaba la larga trenza blanca de su cabellera.

Al poco rato, su papá entró a la casa, seguido de dos de sus tíos y tres de sus primos. La familia estaba lo más completa posible y lista para disfrutar de aquella tradición familiar.

La comida transcurrió entre risas y comentarios de halago a la mamá de Aldo. El niño disfrutaba de estas reuniones familiares porque significaban la antesala del espectáculo que habría de ocurrir por la noche. Afuera, la lluvia había cedido, pero una enorme nube gris amenazaba con volver a ensopar el clima.

Eran las 8 de la noche cuando su papá le preguntó si quería ir a la plaza del pueblo. Los ojos se le iluminaron y respondió que sí.

-Pues, ve por un suéter, hijo –dijo el papá- hace un poco de frío y si no te tapas tu mamá nos va a regañar.

Aldo corrió a su cama para coger una chamarra. Volvió a mirarse en el espejo y tomó la barrita tricolor que le habían comprado un día antes. La destapó y la pasó por sus mejillas. Dudó si cargar con el sombrero de palma, su papá le dijo que se lo llevara por si llovía; lo tomó y corrió hacia donde su familia ya lo esperaba.

La plaza los recibió vestida de manto tricolor. Por los aires colgaban unas tiras de campanas y moños tricolores, mientras sobre el borde, los puestos de comida, cohetes, banderas y demás artilugios. En el centro, el kiosco se levantaba con la inmensidad de su antigüedad, en las escaleras descansaban tres parejas con trajes de mariachi y china poblana, a la espera de recibir la orden para subir y comenzar su acto.

Frente al kiosco, un templete anunciaba la celebración, mientras el palacio municipal era franqueado por dos tiras tricolores. Sobre el balcón lucía la bandera mexicana, aquel lienzo en el que Aldo concentró su atención, recordando la primera vez en que sus ojos quedaron maravillados por su ondear y la iluminación del cielo por los juegos artificiales.

A medida que el tiempo avanzaba, el barullo aumentaba. En el kiosco, las parejas bailaban al compás del mariachi, mientras algunas personas cantaban. Aldo miraba, fascinado, la escena. El reloj estaba por marcar las 11 de la noche, cuando la banda de guerra de su escuela comenzó a instalarse a un lado del templete. Se acercaba la hora. En dicho momento, cayó en cuenta del olvido: sobre la cama había quedado la bandera que pretendía ondear aquella noche.

-Papá –dijo el niño- olvidé la bandera en mi cama.

-¡Ay, hijo! –, respondió el padre- siempre te debe pasar algo así, te pareces a tu abuelo.

El niño se miró las manos, apenado.

-Corre, ve a comprar una –la voz del papá sonó a salvación.

Aldo corrió hacia el puesto más cercano. Compró una bandera que le llegaba al pecho y regresó a donde su familia se había parapetado para ver el acto.

Una corneta pidió silenció. Frente a la banda de guerra, la escolta escolar se preparaba para tomar la bandera y llevarla hasta el templete. La plaza se llenó de silencio. El taconeó de los zapatos escolares y el dobleteo de los tambores hicieron aumentar la expectativa de la gente.

Frente al templete, la escolta se detuvo. De las bocinas emergieron las primeras notas del himno nacional. Las voces se volvieron una. Por alguna extraña sensación, la piel de Aldo se crispó. Quería aplaudir, pero sabía que no debía hacerlo.  

Tras el momento, la bandera llegó a las manos del presidente municipal. La tomó pegándola a su pecho. Se enfiló a las escaleras, mientras la expectativa iba en aumento. Siguió su andar hasta colocarse frente al micrófono. Con la mirada podía dominar el espacio. Todo era algarabía.

Aldo tomó su bandera, los recuerdos de su primera niñez volvieron a su mente. Los gritos, el ondear de las banderas, la sonrisa de la gente, el retumbar de los cohetes y sus ojos repletos de dicha. Estaba por volver a experimentar esa alegría, aunque un picoteo en el corazón le sugirió que algo no andaría bien.

-Mexicanos… ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!-, dijo el alcalde.

-¡Vivan! –contestó la gente.

-¡Viva Hidalgo!-

-¡Viva!

Las banderas ondeaban.

-¡Viva Allende!-

-¡Viva!

-¡Viva la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez!

-¡Viva!

-¡Viva México!-

-¡Viva!, respondía la gente y ondeaban las banderas.

-¡Viva México!- repitió el alcalde al borde de quedarse sin voz.

-¡Viva!- gritaba Aldo, mientras posaba su mirada en el cielo a la espera de que éste se iluminara con los juegos artificiales.

El tronido invadió la plaza. El cielo se iluminó de verde, blanco y rojo. Los gritos iban en aumento, primero de dicha y felicidad, después de miedo y desesperación.

La explosión revolvió todo. La confusión se convirtió en la reina de la plaza, todos corrían, Aldo también. Miró hacia atrás y vio a gente tirada, sufriendo, con la cara ensangrentada y adolorida. Estaba perdido, ausente a la realidad, pensando que todo era una pesadilla, acaso un sueño de terror. ¿Quién se había atrevido?, ¿a quién se le ocurrió manchar ese día?

El templete estaba reducido a cenizas, por la plaza abundaban personas tiradas. Aldo corría, deseaba huir, escapar de aquel infierno y buscar a sus papás.

Entonces, volteó; miró y quedó con una expresión de horror: la bandera, su bandera, se consumía en el fuego, el fuego generado por aquella bomba.

 

@juaninstantaneo

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